DE AMÉRICA A ALEMANIA, DE TANNER A LONGO, PASANDO POR BUCHINGER, ENCUENTRO CON AVENTUREROS QUE YA HABÍAN ENTENDIDO LA CAPACIDAD DEL CUERPO PARA ADAPTARSE A LA PRIVACIÓN DE ALIMENTOS.

POR THIERRY DE LESTRADE, AUTOR DE DOCUMENTALES

Con el rostro calmado y decidido, el Dr. Henry Tanner entró en el Clarendon Hall, la famosa sala de espectáculos de Manhattan en el corazón de Nueva York. Hacía calor y humedad en ese 28 de junio de 1880, y estaba a punto de comenzar la experiencia más fascinante del año. Dos hombres en traje negro pesaron al Dr. Tanner y le tomaron el pulso. En su fuero interno, Henry Tanner se regocijaba. Finalmente podría limpiar su nombre y convertirse en un pionero de la ciencia médica.

Tres años antes, deprimido y paralizado por dolores crónicos, había perdido la voluntad de vivir. En un impulso caprichoso, había decidido privarse totalmente de comida, más allá de lo razonable, durante diez, quince, y hasta veinte días… Y para su gran sorpresa, así como la de su colega, el Dr. Moyer, testigo de esta «ordalía», constató que se sentía cada vez mejor. Al trigésimo día, aunque había perdido peso, comenzó a hacer largas caminatas, y comprobó que sus dolores de estómago y el reumatismo habían desaparecido. Llegó así a los 42 días.

La prensa informó de la aventura, pero Tanner fue acusado de engaño por sus colegas, y de herejía por el clero, que afirmó que solo Cristo había sido capaz de ayunar durante 40 días, con la ayuda divina. Ante semejante descrédito, Tanner aceptó someterse a una apuesta, en Nueva York, consistente en un ayuno de 40 días bajo el estricto control de 60 médicos voluntarios y la autoridad del United States Medical College de New York.

Doctor Henri Tanner fuente wikipedia

Sin colchón ni sábanas y con lámparas de gas para ayunar 40 días, perdió 16 kilos y se convirtió en una leyenda viva para aquella época

En el escenario, se instaló un campamento para descansar y dormir, sin colchón ni sábanas (para evitar cualquier fraude), y con seis lámparas de gas que iluminaban permanentemente el lugar. La aventura llegó a los titulares de la prensa. En todo el planeta se seguía su ayuno, como en un reality. Al vigésimo día, Tanner se había vuelto tan popular que recibía 600 cartas diarias. Todos se preguntaban cuánto tiempo aguantaría, porque, según la «verdad» médica de la época, después de los 12 días de inanición las secuelas eran irreversibles. Sin embargo, para sorpresa de todos, Tanner llegó a los 40 días y salió del Clarendon Hall llevado en volandas por la multitud. Había perdido 16 kilos y se encontraba bien. Este triunfo no puso fin a la historia, porque la meta de Tanner era demostrar que el ayuno de larga duración, además de no ser peligroso, tenía virtudes terapéuticas. Como prueba, él mismo se había curado de sus enfermedades. Con todo, los círculos médicos ortodoxos de la época rechazaron cualquier efecto terapéutico del ayuno, por ser la idea demasiado discordante con sus convicciones. Para ellos, la naturaleza solo escondía amenazas que había que combatir y peligros que había que superar. En cambio, los promotores del ayuno sostenían que la naturaleza atesora virtudes terapéuticas (el famoso Vis medicatrix naturae, el poder curativo de la naturaleza, resume uno de los principios de la medicina de Hipócrates). El ayuno recurre a este tipo de «médico interno», que moviliza la capacidad de autocuración del organismo.

Esta visión opuesta de la naturaleza ha estado presente en la historia de la medicina desde sus comienzos.

Uno de los pioneros fue el Dr. Edward Dewey (1837-1904), contemporáneo de Tanner, quien quedó convencido de las virtudes del ayuno tras un acto poco sensato que cometió en 1877. Cuando a su hijo de tres años le diagnosticaron difteria y cuatro personas murieron de esta enfermedad en el vecindario, Dewey decidió, en contra del consejo de sus colegas, hacer ayunar al niño. El niño no solo sobrevivió a la falta de comida, sino que se recuperó de la difteria. A partir de entonces, Dewey quedó persuadido de que había que dejar de imponer la alimentación a los enfermos, si no querían comer, y que se debía restringir el uso de medicamentos. Sus colegas pensaron que, en el mejor de los casos, estaba perturbado y, en el peor, era un profesional peligroso. Dewey quedó marginado, hasta el día en que hizo una reflexión esencial.

Doctor Edward Dewey fuente wikipedia

Observó que, en las personas que habían muerto de inanición, el cerebro y el sistema nervioso estaban intactos, a diferencia de todos los demás órganos.  Demostró que el cerebro de alguien que había muerto de esa causa no había perdido ni un gramo, mientras que casi toda su grasa se había absorbido. Era este un hecho científico irrefutable y, para Dewey fue una revelación: en ausencia de alimento, el cuerpo comenzaba a funcionar como una reserva de alimentos; se nutría de algunas partes del cuerpo hasta el agotamiento, como la grasa, pero elegía preservar otras, como el cerebro y el sistema nervioso. A diferencia de Tanner, Edward Dewey escribió muchos libros, de los cuales el más popular es The No-Breakfast Plan and the Fasting-Cure, publicado en 1900. Las curas de ayuno tuvieron bastante éxito en los Estados Unidos a principios del siglo XX, pero luego desaparecieron a raíz de la ofensiva de la medicina oficial para erradicar todas las prácticas que se alejaran de la alopatía.

Doctor Otto Buchinguer: “diecinueve días de ayuno que cambiaron mi vida para siempre

El ayuno encontró un nuevo aliciente en Europa. El pionero fue el médico alemán Siegfried Möller, quién inauguró la práctica a principios del siglo XX. Impresionado por la lectura del libro de Edward Dewey, y sorprendido por la eficacia del método, Möller abrió un pequeño centro en Dresde en 1905. A partir de entonces, Alemania se estableció como pionera en la práctica del ayuno, aplicada por médicos que crearon centros de salud y escuelas. Esta posición nunca fue disputaba. Formaba parte de un vasto movimiento de reforma (die Reformbewegung) que se extendía por el país a finales de los años 20. Abogaba por una alimentación sana, a menudo vegetariana, terapias basadas en el agua, el aire y el sol, así como el ejercicio físico y las medicinas naturales. Algunos médicos prestigiosos se involucraron, y abrieron centros que pronto estuvieron atestados.

Doctor Otto Buchinger Fuente: alchetron.com

La historia del Dr. Otto Buchinger (1878-1966) se sitúa en este contexto. Como tantos otros pioneros, Buchinger descubrió el ayuno a través de una experiencia personal iniciática. En un momento en que se desempeñaba como médico de la marina alemana durante la Primera Guerra Mundial, se vió afectado en 1917 por una faringitis estreptocócica que degeneró en una inflamación de las articulaciones. Esta enfermedad, llamada fiebre reumática, lo dejó con una discapacidad del 100%. El médico se vio obligado a dejar de trabajar y, privado de ingresos, ya no podía mantener a su esposa y sus cuatro hijos. Clavado en una silla de ruedas después de sucesivos ataques, en su desesperación consintió en 1919 en seguir el consejo de un amigo médico que le instó a ayunar. Lo hizo durante 19 días, y según afirmó, fue una experiencia muy difícil, pero «que le cambió la vida«. De hecho, los resultados fueron bastante espectaculares: sus articulaciones comenzaron a funcionar nuevamente, y podía moverse, caminar y ejercer su trabajo. A la edad de 42 años, había encontrado una nueva orientación en su profesión, y se consagró a la medicina natural, con el ayuno como pilar.

En Alemania, 17% de la población admite haber hecho un ayuno prolongado de varios días

Buchinger ayunó de nuevo en 1926 en la consulta del Dr. Möller en Dresde, esta vez durante 29 días. En 1935, fundó una clínica en Bad Pyrmont y en 1953 se trasladó a Überlingen, a orillas del lago de Constanza. Con el fin de mejorar su práctica, Buchinger desarrolló un «método» para mejorar el bienestar de sus pacientes: en el ayuno basado en agua añadió un zumo de frutas y un caldo ligero, que representaban hasta 250 calorías (el «método» también combinaba el ejercicio físico con lecturas para meditación). Este método se ha convertido en una norma y se utiliza en toda Europa. La Clínica Buchinger, dirigida por los descendientes directos de Otto Buchinger, se ha modernizado y ampliado. Sin embargo, el legado del médico, que contribuyó a popularizar y desmitificar la práctica del ayuno, es más amplio: el 17% de los alemanes dicen que ya han ayunado alguna vez. Con todo, el apoyo de la ciencia académica al enfoque de Buchinger fue escaso. Es preciso buscar en los países más al este, donde no se esperaba, para encontrar una nueva aportación a la ciencia del ayuno, que es única por su alcance y su ambición. A partir de los años 50, en la Unión Soviética, en un departamento del Instituto de Psiquiatría de Moscú, el Dr. Yuri Nicolaiev (1905-1998) realizó experimentos revolucionarios. Yuri era hijo de Sergueï Nicolaiev, un hombre ilustrado, amigo de Tolstoi y vegetariano como él. Sergueï Nicolaiev tradujo a autores americanos y mantuvo correspondencia con Upton Sinclair (1878-1968), un escritor comprometido que denunciaba el poder del dinero, el monopolio de los grandes grupos, las componendas y la corrupción. Autor del superventas The jungle (1905), en que relata la vida cotidiana de los trabajadores de un matadero de Chicago, Sinclair, después de haberse restablecido de muchas afecciones gracias a las curas, se había convertido en un ferviente defensor del ayuno. Fue así que Sergei Nikolaiev impuso el ayuno a toda su familia, incluido a su hijo Yuri. Ya convertido en psiquiatra, Yuri Nikolaiev recordó las lecciones de su infancia; cuando se encontraba con pacientes que rechazaban su plato de comida, se negaba a que se los alimentara a la fuerza. Este fue el punto de partida de una aventura única que culminaría con los principales estudios clínicos realizados sobre el ayuno, que se llevaron a cabo durante casi 40 años, entre 1950 y 1988. En esos estudios participaron los mayores centros hospitalarios de las principales ciudades del imperio soviético, como Moscú, San Petersburgo (Leningrado en ese momento), Kiev, Minsk, o Rostov. Se abordaban muchas enfermedades crónicas como alergias (asma en particular), afecciones de la piel, enfermedades intestinales, diabetes de tipo 2, hipertensión o reumatismo. Intervinieron en esos estudios millones de pacientes, a los que se hizo un seguimiento durante años, con resultados sorprendentes. Más del 70% de los pacientes mejoró significativamente su condición física, hasta el punto que algunos de ellos suspendieron todo tratamiento con medicamentos.

Sin embargo, esos estudios quedaron desmantelados en el decenio de 1990 por la perestroika y la apertura de la sociedad rusa al consumismo. Yo mismo he visto esos miles de páginas que duermen en el sótano de la Academia de Ciencias de Moscú, y como esos resultados solo se publicaron en revistas rusas, en plena Guerra Fría, nunca cruzaron el Telón de Acero y nunca se tradujeron. Es como si no existieran. Este rechazo a informarse es sobre todo ideológico, porque el ayuno siempre se enfrenta a la visión de la medicina heredada de finales del siglo XIX y de Pasteur, según la cual la enfermedad solo podía provenir de un microbio. Desde entonces, la medicina oficial considera que se trata de una guerra, que, ante un enemigo externo (el germen), hay que utilizar un arma para matarlo, y que el lugar de esa batalla es el cuerpo. Este legado se refleja en el uso regular de un vocabulario bélico, como «arsenal terapéutico» o «armas inteligentes» para designar a los medicamentos específicos para una afección. Por el contrario, recurrir al «doctor interior» es recurrir a los propios recursos, hacer un pacto consigo mismo, y pasar de una lógica de guerra a una lógica de cooperación. El problema es que este enfoque está muy lejos del espíritu de nuestra medicina occidental.

YOURI NICOLAIEV (arriba, segundo a la derecha), un investigador de la reflexión original al servicio de las neurociencias.

La experiencia de Moscú

A partir del decenio de 1950, el psiquiatra ruso Yuri Nicolaiev (1905-1998) impuso el ayuno a pacientes que padecían ciertas formas de esquizofrenia y depresión. En 30 años, más de 2.000 pacientes se sometieron a curas de ayuno de 20 a 30 días (y hasta 40 días) en el Instituto de Psiquiatría de Moscú. Los resultados fueron espectaculares. Sin embargo, esta experiencia única llegó a su fin en 1983.

Los resultados clínicos se publicaron únicamente en Rusia, y por lo tanto no se conocen en Occidente. Solo dos médicos occidentales pudieron permanecer unos meses en el instituto y publicaron artículos muy favorables en revistas especializadas. En ese momento, a pesar del gran avance de las investigaciones biológicas, los investigadores rusos no pudieron explicar los resultados de Nicolaiev en el ámbito de las enfermedades mentales. Hoy en día se sabe que el sistema digestivo es un verdadero «segundo cerebro». La puesta en reposo de los intestinos, y el apoyo que ello presta a un reequilibrio de la flora bacteriana y la microbiota intestinal, podría ser una de las explicaciones a los cambios psíquicos que se producen en el momento de un ayuno. Desafortunadamente, Yuri Nicolaiev no encontró un heredero en Rusia, y estas investigaciones sobre enfermedades psíquicas no se retomaron en Occidente.

¿Valter Longo, un estudio científico en 2012 para iniciar un cambio definitivo en el acompañamiento de la quimio terapia?

No fue hasta el siglo XXI y con el espíritu original de Valter Longo, un biólogo italo-americano de la Universidad del Sur de California, que se superaron las ideas preconcebidas y se comenzó a estudiar los mecanismos celulares del ayuno. Longo demostró en 2012 que 48 horas de ayuno ya inducían cambios epigenéticos. Se trata de un experimento fundamental, ya que aportaba pruebas de que el ayuno causa en el organismo una respuesta adaptativa, heredada de la historia de la evolución. Por lo tanto esa práctica, además de no ser peligrosa en sí misma, era incluso necesaria. Desde los albores del tiempo, los seres humanos se han enfrentado a períodos de hambruna. Para sobrevivir, el organismo adquirió así la capacidad de resistir la falta de alimento. Los mecanismos de ayuno se basan en esta respuesta adaptativa y se fundamentan en dos principios. Por un lado, se utiliza el cuerpo como reserva de alimentos. Tan pronto como comemos más de lo que necesitamos, almacenamos grasa (que contiene una aportación elevada de energía). Cuando hay escasez, el cuerpo convierte la grasa (lípidos) en glucosa, un combustible esencial para las células cerebrales. Por otro lado, el ayuno preserva las proteínas. Se debe proteger a los músculos (especialmente el corazón) y por lo tanto, el ayuno utiliza poca proteína (excepto en la fase de adaptación durante los primeros dos o tres días). Para mantener la masa muscular es necesario practicar un ejercicio suave durante un ayuno.

Otros experimentos han demostrado que el ayuno fortalece y regenera el sistema inmunológico, protege (en experimentos con animales) las células sanas en el caso de quimioterapia, aumenta la eficacia de ese procedimiento y promueve la neogénesis de las células nerviosas del cerebro, combatiendo así las enfermedades neurodegenerativas. Se están realizando, tanto en los Estados Unidos como en Alemania, numerosos estudios en varios laboratorios que han de enriquecer el corpus científico en torno a la práctica del ayuno, cuyas nuevas virtudes se quedan demostradas año tras año. Así pues, lo que Tanner no logró en 1880 – situar el ayuno en el campo científico – Valter Longo lo logró gracias a las herramientas de la biología molecular.

Un extraordinario sentimiento de paz y de calma

por Upton Sinclair

El escritor americano Upton Sinclair tenía muchos enemigos y graves problemas de salud. Gastaba miles de dólares en consultas y medicamentos, pero nada le ayudaba. Hasta que hizo un ayuno de 12 días en un sanatorio especializado. En 1911 contó su experiencia en un pequeño libro, The Fasting Cure: «El primer día estaba muy hambriento, con ese tipo de hambre malsana y voraz típica de todos los dispépticos. La segunda mañana tuve un poco de hambre, pero después, para mi asombro, no sentí el más mínimo interés por la comida, como si nunca hubiera conocido su gusto. Antes del ayuno sufría un dolor de cabeza todos los días, durante dos o tres semanas. El dolor de cabeza continuó el primer día y luego desapareció, para no volver nunca más. El segundo día me sentí muy débil y un poco mareado cuando me desperté. Salí y me quedé al sol todo el día leyendo; el tercer y cuarto día experimenté un gran cansancio físico, pero acompañado de una gran claridad mental. Después del quinto día me sentí más fuerte, emprendí largas caminatas, y empecé a escribir. La fase de la experiencia que me sorprendió más que ninguna fue la relacionada con la actividad mental, pues leía y escribía más de lo que me había atrevido a hacer durante años.» Aún más sorprendente fue el efecto de la cura en el momento de la volver a alimentarme. Evoca «una extraordinaria sensación de paz y calma, como si cada nervio cansado del cuerpo ronronease como un gato bajo una estufa». ♦

¿El siglo XXI, siglo del reconocimiento de la medicina natural y del ayuno?

En 2016, el Premio Nobel de Medicina recompenso a Yoshinori Ohsuni, biólogo japonés que centro su trabajo científico en los mismos principios en los que se base el ayuno y demostró los mecanismo de la autofagia.

En Francia, la federación del ayuno y senderismo está formada por más de 100 centros que reciben todos los años a más de 15.000 personas.

En España, la primera clínica del ayuno se abrió hace más de 40 años.

En 2021, se abrió la Federación Española del Ayuno