En francés, la agenda se llama l’emploi du temps: literalmente, el empleo del tiempo. Y de ahí surge una pregunta algo más incómoda que cómo organizar mejor el día: ¿en qué empleo mi tiempo?
Trabajamos, llevamos a los niños al cole, contestamos mensajes, escuchamos un podcast mientras caminamos, vemos una serie mientras cenamos y llenamos las vacaciones de lugares que visitar. Hasta mientras esperamos a que nos atienda el médico aprovechamos para revisar el móvil.
Cualquier hueco libre parece pedirnos que lo llenemos. Porque dejarlo vacío se parece demasiado a perderlo.
Y a veces descubrimos hasta qué punto nos cuesta parar precisamente cuando la vida nos obliga a hacerlo. Cuando enfermamos o tenemos que cuidar a alguien, la agenda puede detenerse, pero nosotros no siempre lo hacemos.
Seguimos contestando mensajes, adelantando alguna tarea o resolviendo cosas desde la cama. Y, cuando por fin no hacemos nada, seguimos pensando en lo pendiente, en lo que deberíamos estar haciendo o en cuándo podremos volver a la normalidad.
Quizá, entonces, la pregunta no sea cómo conseguir más tiempo —otra hora, otro fin de semana, unas vacaciones más largas—, sino qué decidimos hacer con el que tenemos. O, todavía más difícil: qué ocurre cuando decidimos no llenarlo.
Por ello, nuestro reto con este artículo es que entiendas por qué te cuesta tanto no hacer nada y que aprendas a dejar espacios vacíos sin sentir que estás perdiendo el tiempo.
Porque, si lo piensas: ¿cuándo fue la última vez que tuviste tiempo sin sentir la obligación de aprovecharlo?
Tener la agenda llena no significa emplear bien el tiempo
Estar ocupado se ha convertido casi en nuestro estado natural. Y no solo durante la jornada laboral. También llenamos el tiempo que, en teoría, tenemos libre.
Si estamos en una cola, miramos el móvil. Si tenemos un fin de semana libre, lo llenamos de planes. Y si nos vamos de vacaciones, volvemos con la sensación de necesitar unas vacaciones de las vacaciones.
No hay nada malo en escuchar audios, hacer planes o querer aprovechar tu viaje. La cuestión es: ¿lo estás eligiendo o te cuesta dejar un espacio sin ocupar?

Tal vez por eso “no hacer nada” resulta más difícil de lo que parece. La filósofa Laurence Devillairs propone precisamente una idea provocadora: en una sociedad acostumbrada a la ocupación permanente, no hacer nada ha acabado convirtiéndose casi en una disciplina.
Y hay una paradoja todavía mayor: hemos empezado a aplicar al descanso la misma lógica de optimización que aplicamos al trabajo. Dormimos para rendir mejor, meditamos para concentrarnos, caminamos contando pasos y organizamos unas vacaciones “de desconexión” que también pueden acabar llenas de objetivos.
Quizá nuestra dificultad para descansar no tenga que ver únicamente con que nos falte tiempo. Puede que también tenga que ver con lo que hemos aprendido a considerar un tiempo bien empleado.
Y para entenderlo merece la pena retroceder un poco. Porque hubo un tiempo en que ocio y negocio contaban una historia bastante distinta sobre qué merecía ocupar nuestras horas.
Ocio y negocio: ¿cuándo empezó a parecernos culpable no hacer nada?
En latín, otium designaba el tiempo liberado de las obligaciones, que podía dedicarse al descanso, la reflexión o el estudio. Negotium, de donde procede nuestro “negocio”, se construyó precisamente como su negación: nec-otium, “no ocio”. Aunque aquel otium era también un privilegio en sociedades profundamente desiguales, nos deja una idea interesante: no todo tiempo valioso tiene que producir algo visible.
Con los siglos, esa relación con el tiempo cambió. La ociosidad fue adquiriendo connotaciones morales negativas y, con la industrialización, el tiempo pasó a medirse y organizarse cada vez más alrededor del trabajo y la productividad. El reloj ya no solo decía qué hora era: también marcaba cuánto tiempo dedicábamos a producir.
En el siglo XX, la reducción de la jornada laboral y la extensión de las vacaciones ampliaron el tiempo libre de buena parte de la población. Pero tener más tiempo libre no significó necesariamente recuperar el otium. También aprendimos a llenarlo.
Párate a pensar un momento: ¿qué haces con tu tiempo libre?

Cuando el ocio tiene que servir para algo
El problema es que la lógica de la productividad ha entrado en nuestro tiempo libre.
Dormimos para rendir mejor. Caminamos para alcanzar diez mil pasos. Meditamos para concentrarnos. Escuchamos un podcast mientras paseamos. Incluso las vacaciones pueden convertirse en una sucesión de lugares que visitar, restaurantes que probar y experiencias que tachar de una lista.
En 1932, Bertrand Russell ya cuestionaba en Elogio de la ociosidad esa identificación entre estar ocupado y llevar una vida valiosa. Su defensa del ocio iba bastante más allá de descansar para recuperar fuerzas y volver al trabajo: el tiempo libre tenía valor por lo que permitía vivir, no por lo que ayudaba a producir después.
Casi un siglo más tarde, la industria del viaje parece estar respondiendo a nuestro cansancio de otra manera. Hablamos de vacaciones para dormir —sleepcations—, retiros de lectura —reading retreats —, retiros de silencio o de desconexión digital. Incluso se ha popularizado el nonna-maxxing: jóvenes que reivindican actividades asociadas a la vida de sus abuelas, como cocinar, tejer, pasear o pasar tiempo sin pantallas.
Son distintas expresiones de un mismo deseo: dejar de llenar cada minuto. La paradoja es que incluso ese deseo puede convertirse en una nueva exigencia.
Queremos desconectar, pero buscamos el mejor método para desconectar. Queremos descansar, pero medimos cuánto hemos dormido. Queremos caminar sin rumbo, pero miramos los pasos en el reloj. Y quizás hasta subamos fotos a redes sociales de los libros que hemos leído, del jersey que hemos tejido o del pan que hemos cocinado.
Dejar un espacio vacío requiere casi una decisión consciente.
El problema quizá no sea ir demasiado rápido, sino vivir en la superficie
Solemos pensar que para descansar necesitamos bajar el ritmo. Hacer menos cosas, mirar menos el móvil, tener menos compromisos. Pero Laurence Devillairs plantea una idea más interesante: la aceleración puede ser el síntoma, no necesariamente el problema de fondo.
Podemos caminar despacio y seguir pensando en el siguiente correo. Sentarnos frente al mar y contestar mensajes. Pasar una tarde en el sofá saltando de un vídeo a otro. Incluso irnos una semana de vacaciones y recorrer lugares sin llegar a estar realmente en ninguno. ¿Te suena?
Parece que la vida transcurre cada vez más en la superficie, en un infinito scroll. Nos desplazamos sin profundizar.
La imagen se parece bastante a hacer esquí acuático. Para mantenernos sobre la superficie necesitamos velocidad, tensión y algo que tire continuamente de nosotros. Una notificación, otra tarea, el siguiente vídeo, un nuevo plan.
Pero descansar quizá se parezca más a bucear. Para descender hay que hacer justo lo contrario: soltar, reducir el ruido y “simplemente” observar lo que va apareciendo.
La cuestión no es cuánto hacemos ni a qué velocidad, sino cómo habitamos el tiempo mientras lo hacemos.
No hacer nada no significa que no esté pasando nada
Cuando dejamos de responder mensajes, tomar decisiones o saltar de un contenido a otro, el cerebro no se apaga. Tan solo deja de estar ocupado en las mismas cosas.
Las tareas que exigen atención, planificación o pasar continuamente de una actividad a otra requieren recursos de control y atención. Y cambiar constantemente el foco tiene un coste cognitivo.
Cuando dejamos de atender continuamente a nuevos estímulos, el cerebro sigue activo. De hecho, distintos estudios han observado que los periodos breves de reposo despierto después de aprender pueden favorecer la consolidación de determinados recuerdos.

También existe investigación sobre los llamados periodos de incubación: apartarnos durante un tiempo de un problema puede favorecer, en determinadas circunstancias, la aparición de nuevas asociaciones. Quizá por eso no resulte tan extraño que algunas ideas aparezcan mientras paseamos o nos duchamos y no cuando estamos sentados delante del ordenador intentando encontrarlas.
Pero tampoco hace falta convertir esto en otra técnica de productividad: no se trata de no hacer nada para ser más creativos después. Sería volver a caer en la misma trampa.
Quizá el interés de dejar algunos espacios sin llenar sea mucho más sencillo: permitir que nuestra atención no tenga siempre un destino decidido de antemano.
¿Dónde se aprende a no hacer nada?
En teoría, no necesitamos ir a ningún sitio para parar. Bastaría con cerrar el ordenador, dejar el móvil y no hacer nada durante un rato. En la práctica, no siempre es tan sencillo.
Porque seguimos dentro del mismo escenario que nos invita continuamente a hacer cosas: mensajes pendientes, compras, comidas que preparar, niños, trabajo, recados, una lavadora que poner. La maldita lista de cosas pendientes nunca se acaba…
Por eso la desconexión no depende únicamente de nuestra fuerza de voluntad. A veces ayuda cambiar temporalmente las reglas y el entorno que organizan nuestro tiempo.
Salir durante unos días de la rutina también permite tomar cierta distancia de ella. Necesitamos bajarnos de la rueda para poder observar desde fuera qué estaba ocupando nuestro tiempo mientras seguíamos girando dentro.
Quizá ahí esté parte del sentido de los retiros de desconexión, silencio o meditación que están ganando visibilidad. No tanto en enseñarnos una nueva técnica para descansar, sino en crear durante unos días las condiciones para que no tengamos que llenar continuamente el tiempo.
Y en un retiro de ayuno ocurre algo más: durante unos días desaparece también una de las actividades alrededor de las que más organizamos nuestra jornada —comer—.
Si no sabes exactamente qué es un ayuno prolongado o en qué se diferencia de otros tipos de ayuno, consulta nuestra comparativa de ayunos según su duración. Así podrás valorar cuál es el más adecuado para ti en función del momento en el que estés.
¿Qué ocurre con el tiempo cuando tampoco tenemos que pensar en comer?
Comer ocupa bastante más tiempo del que dura una comida. Pensamos qué vamos a comer, compramos, cocinamos, ponemos la mesa, comemos, recogemos. Y si comemos fuera, tenemos que elegir sitio, reservar, esperar a que nos sirvan… y comer.
En un retiro de ayuno, durante unos días, toda esa logística desaparece de la agenda. De pronto quedan huecos.
Imagina despertarte sabiendo que no tienes que decidir qué vas a hacer después. Sales a caminar por la naturaleza, observándola, escuchándola, sin contar pasos. Vuelves, te duchas sin prisa y te tumbas un rato. Cierras las persianas. La cama está limpia, fresca. Y… no pones la alarma porque después no tienes nada que hacer.

Quizá por eso un retiro de ayuno puede ser algo más que una experiencia relacionada con la alimentación. Por supuesto, el ayuno prolongado implica cambios fisiológicos a medida que el organismo adapta progresivamente la forma en que obtiene y utiliza la energía. Pero además de las comidas desaparecen muchas decisiones, obligaciones y parte del ruido cotidiano. Y aparece algo que normalmente nos empeñamos en llenar.
Tiempo.
¿Y sabes lo mejor? Que no se desmorona el mundo.
No se trata de tener más tiempo, sino de decidir en qué lo empleamos
Quizá el problema nunca fue que nos faltara tiempo. O, al menos, no solamente.
Podemos tener una tarde libre y llenarla hasta arriba. Un fin de semana sin obligaciones y encontrar rápidamente otras. Irnos de vacaciones y regresar agotados. Porque tener tiempo disponible no significa necesariamente sentir que ese tiempo nos pertenece.
A veces hay que salir de la agenda para descubrir cómo empleamos el tiempo
Volvamos a l’emploi du temps, la expresión francesa con la que empezábamos: el empleo del tiempo.
Tal vez emplearlo bien no consista en conseguir que quepan más cosas dentro de cada día. Ni tampoco en convertir el “hacer menos” en una nueva obligación. Porque preguntarnos en qué empleamos nuestro tiempo es también preguntarnos a qué queremos dedicar nuestra vida.
Se trata de recuperar cierta capacidad de elección: decidir cuándo queremos producir, aprender, viajar, conversar o hacer planes, pero también cuándo queremos dejar un espacio sin llenar.
Eso es, en el fondo, lo interesante del otium con el que comenzábamos este recorrido: recordar que un tiempo puede estar bien empleado aunque no podamos enseñar qué hemos hecho con él.
Porque descansar no siempre necesita un propósito. Y el tiempo tampoco tiene por qué estar permanentemente ocupado para tener valor.
¿Y si durante siete días no tuvieras que llenar el tiempo?
Pasar de la cultura del “siempre más” a la del “por fin, menos” parece sencillo hasta que intentamos hacerlo en nuestra vida cotidiana.
Porque el trabajo sigue ahí. Las compras, las comidas, los horarios, los mensajes, los grupos de WhatsApp, las personas que necesitan algo de ti y esa lista mental de tareas pendientes…
Por eso un retiro de ayuno ofrece algo difícil de conseguir en casa: un entorno preparado para que, durante unos días, puedas dejar de ocuparte de muchas de las cosas que ocupan tu tiempo. Una forma de aprender a parar antes de que la vida nos obligue a hacerlo.

En MiAyuno no te obligamos a dejar el teléfono, aunque recomendamos limitar su uso. Durante el retiro hay caminatas por la naturaleza, charlas sobre nutrición y bienestar y otras actividades voluntarias. Pero no se trata de llenar una agenda: también hay tiempo para descansar, conversar, estar en silencio o, simplemente, no hacer nada. Un equipo de profesionales acompaña el proceso, tanto si es tu primer ayuno como si ya has vivido la experiencia otras veces.
No vienes a aprender a no hacer nada correctamente. Ni a conseguir siete días perfectos de desconexión. Vienes con tu propio objetivo y, durante unos días, dejas espacio.
Muchas personas llegan a nuestros retiros preguntándose: ¿Seré capaz de pasar siete días sin comer? Y algunas terminan planteándose prolongar el ayuno unos días más.
Quizá por eso algunos participantes vuelven año tras año.
Y quizá ese sea también otro modo de emplear el tiempo: no llenarlo todo.
¿Te gustaría experimentarlo?
Consulta el calendario de próximos retiros de ayuno de MiAyuno.
Preguntas frecuentes sobre por qué nos cuesta tanto no hacer nada
Nos cuesta porque hemos aprendido a asociar un tiempo bien empleado con estar ocupados. La lógica de la productividad no se queda en el trabajo y también organiza el tiempo libre, así que un rato vacío se vive como tiempo perdido. A eso se suma el móvil, que ofrece algo que hacer en cualquier momento. Hoy parar requiere casi una decisión consciente.
No. Dejar ratos sin ocupar forma parte de un descanso sano. Cuando dejamos de atender estímulos nuevos, el cerebro no se apaga. Sigue activo, pero sin el esfuerzo de cambiar de foco una y otra vez, algo que tiene un coste cognitivo. Algunos estudios relacionan además los periodos breves de reposo despierto con una mejor consolidación de lo aprendido.
Tiene que ver con lo que la psicología llama incubación. Cuando nos apartamos de un problema y hacemos algo que no exige mucha atención, como ducharnos o caminar, la mente puede seguir trabajando en él y crear asociaciones nuevas. Por eso a veces la solución aparece cuando dejamos de buscarla.
Las dos palabras vienen del latín. Otium era el tiempo libre de obligaciones, dedicado al descanso, la reflexión o el estudio. Negotium significa literalmente "no ocio" y se refería a las ocupaciones y los asuntos prácticos. Es decir, el negocio se definía como la falta de ocio. Con los siglos, y sobre todo con la industrialización, el trabajo pasó a ocupar el centro y el ocio quedó en un segundo plano.
Son viajes pensados para dormir y descansar, no para visitar lugares. El término une las palabras inglesas sleep (dormir) y vacation (vacaciones). Suelen ofrecer habitaciones preparadas para el sueño, horarios tranquilos y pocas actividades. Forman parte de una tendencia más amplia de viajes de descanso, junto con los retiros de lectura, de silencio o de desconexión digital.
Es una tendencia de redes sociales en la que personas jóvenes recuperan actividades asociadas a la vida de sus abuelas, como cocinar, tejer, pasear o pasar tiempo sin pantallas. Nonna significa abuela en italiano. Refleja el deseo de llevar un ritmo de vida más lento y dedicar tiempo a cosas sencillas que no buscan un rendimiento.
Ayuda empezar con ratos cortos sin móvil ni tareas, como un paseo sin auriculares o unos minutos sentado sin mirar la pantalla. También conviene no convertir el descanso en otro objetivo que medir o mejorar. Y a veces sirve cambiar de entorno durante unos días, porque en casa el trabajo, los recados y las tareas pendientes nos siguen reclamando.
Es una estancia de varios días fuera de la rutina, en un entorno preparado para descansar y reducir estímulos. Puede centrarse en el silencio, la meditación, la desconexión digital o el ayuno. Su valor está en cambiar durante un tiempo las reglas que organizan el día, para que no haga falta llenar cada hueco de la agenda.
Sí, porque además de la comida desaparece toda la organización que la rodea. Pensar qué comer, comprar, cocinar, poner la mesa y recoger ocupa mucho tiempo cada día. Sin esas tareas quedan huecos libres para caminar, descansar, conversar o no hacer nada. Como el ayuno prolongado produce cambios en el organismo, conviene hacerlo con acompañamiento profesional.
Los retiros de MiAyuno siguen un ayuno de tipo Buchinger y cuentan con un equipo de profesionales que acompaña todo el proceso. Hay caminatas por la naturaleza, charlas sobre nutrición y bienestar y otras actividades voluntarias, pero también tiempo libre para descansar, conversar o estar en silencio. No es obligatorio dejar el móvil, aunque se recomienda limitar su uso. Son adecuados tanto para quien ayuna por primera vez como para quien ya tiene experiencia.






