Seis, siete o nueve días permiten dejar atrás la adaptación inicial y entrar plenamente en la experiencia del ayuno prolongado. El cuerpo cambia de combustible, el ritmo del retiro se instala y aquello que al principio parecía extraordinario empieza a sentirse sorprendentemente natural.
Una semana para dejar de contar las horas y empezar, sencillamente, a vivir el ayuno.